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El miércoles 17 de junio, Trump y el presidente iraní Masoud Pezeshkian firmaron de forma remota un “Memorándum de Entendimiento” para cerrar la guerra iniciada por la potencia imperialista e Israel el 28 de febrero. Trump lo hizo en el palacio de Versalles, en el marco de la cumbre del G7, justificándose con la poca afortunada comparación con el presidente Herbert Hoover, durante cuya presidencia se inició la crisis de 1929: “No quería ver una catástrofe económica. Si esto hubiera continuado, esto es lo que habría pasado”. La firma definitiva se esperaba para el viernes de esa semana, pero la continuidad de la ofensiva de Israel sobre el sur del Líbano llevó a Irán a mantener el bloqueo del estrecho de Ormuz, uno de los principales puntos que viene a resolver el memorándum. Finalmente, el domingo 21/6 los negociadores de ambas partes se reunieron en Lucerna, Suiza, en una propiedad de Qatar, para dar curso efectivo a los acuerdos, ocasión en la cuál ambas partes mantuvieron una retórica digerible para su frente interno. El vicepresidente norteamericano Vance hizo hincapié en el reingreso de los observadores la OIEA a Irán para verificar el cumplimiento del descarte del uranio enriquecido de Irán y el control de sus instalaciones nucleares, los iraníes pusieron como condición el levantamiento del bloqueo a sus puertos, de las sanciones sobre sus ventas petroleras y el descongelamiento de sus activos en bancos qataríes (The Guardian, 22/6). A lo largo del día, se confirmó el cruce de cuatro buques petroleros por el estrecho.

Reconocimiento del fracaso

El primer elemento que salta a la vista de todos los analistas es que, con el acuerdo, Trump confirma el fracaso de la ofensiva lanzada junto a Israel en febrero. Más aún, es un fracaso con altos costos, no sólo por los miles de millones de dólares arrojados como material bélico sobre los trabajadores y el pueblo de Irán, sino también por las consecuencias del doble bloqueo del estrecho de Ormuz para toda la economía mundial. Estas consecuencias económicas golpearon duramente sobre aliados de EE.UU. y principalmente dentro de la propia metrópoli imperialista, presionando a la administración a intentar salir del problema antes de que la inflación y la inminente recesión dilapidaran cualquier posibilidad de que los republicanos mantengan el control del congreso luego de las elecciones de medio término que se llevarán adelante en noviembre.
Una de las principales contradicciones del memorándum, y lo que le dan un carácter de extrema fragilidad, es que impone a Israel límites en su ofensiva militar sobre Hezbollah y su invasión de la franja sur del Líbano. Al momento de escribir esta nota, no queda claro hasta que punto Israel va a admitir una negociación entre EEUU, Irán y el Líbano para dirimir este problema sin su participación. Pero si queda desnudo el carácter burgués reaccionario del régimen iraní, que pone por delante sus intereses económicos como real condicionante para la puesta en marcha del acuerdo, por sobre su defensa incondicional de la integridad territorial del Líbano, que aparece como punto 1 del acuerdo, punto que queda pospuesto para futuras conversaciones. Esto no quiere decir que el problema esté resuelto: vimos los insultos propinados por Trump a Netanyahu a la hora de intentar avanzar en la negociación. Israel queda evidentemente debilitado, y mientras más acorralado se vea el ente de ocupación sionista más brutal será su política colonialista y genocida para defender su propia supervivencia.
Las fragilidades del memorándum son también muestra de las dificultades que tiene el imperialismo para poder retirarse una vez que inicia una aventura militar. Y esto nos lleva a analizar la situación mundial de conjunto: el ataque a Irán era para Israel una ofensiva para intentar sostener su difícil posición en la región, para EE.UU. era parte de su política de asedio a China en su línea estratégica de asimilación de los ex Estado Obreros. Irán resulta un aliado importante de China, en términos geopolíticos y económicos, por ser eje de la iniciativa de la nueva Ruta de la Seda y gran proveedor de materias primas, sobre todo hidrocarburos. El objetivo de descabezar el régimen de los Ayatollahs para imponer una “Delcy Rodríguez” a la iraní mostró ser un error de cálculo del imperialismo. Tampoco contaba Trump con la resistencia de la población de un país de gran tamaño y con una historia de lucha y organización obrera y popular. Así entendido, el memorándum aparece como el precio que está dispuesto a pagar el imperialismo para dar una tregua en ese frente de la guerra generalizada que está preparando para intentar retomar la iniciativa ante la crisis del equilibrio de la posguerra y la erosión de su propia hegemonía, todo ello sobre la base estructural de la descomposición del sistema.

No hay tregua en la ofensiva contra la clase obrera

En el G7 quedó demostrado que el memorándum EEUU-Irán está lejos de ser un llamado a la paz. La OTAN y los países europeos aceleran el rearme y el militarismo, la guerra Rusia-Ucrania recrudece, Israel desconoce cualquier tregua y avanza en la ocupación del 70% de la Franja de Gaza mientras traslada la destrucción al sur del Líbano y Beirut. Sobre todo, la ofensiva contra la clase obrera se potencia, con nuevos ataques a las condiciones de vida y trabajo, aumentando la represión contra los inmigrantes, el ataque a los sindicatos (como sucede en Italia con quienes se solidarizan con Palestina) y la ofensiva de reformas laborales y jubilatorias. Nuestra clase sale a dar pelea, como muestran la huelga general en Portugal, las acciones por Palestina en Italia, los bloqueos contra el gobierno de Paz en Bolivia y la organización contra el ICE en EE.UU. 
En una dinámica que conduce a la guerra generalizada, los revolucionarios nos posicionamos por la derrota del imperialismo contra una nación oprimida como Irán, planteando la necesidad de la intervención de nuestra clase con sus métodos, la huelga, los bloqueos de los envíos de material militar y el sabotaje a la maquinaria bélica imperialista. La lucha antiimperialista está hoy, más que nunca, inextricablemente conectada a las tareas socialistas para dar una salida revolucionaria y proletaria a la situación.
En Medio Oriente es necesario expulsar al ente de ocupación sionista, la destrucción de Israel. Eso implica enfrentar a los gobiernos árabes que le dan sustento y luchar contra los Estados burgueses, para imponer una Federación de Repúblicas Socialistas en la región como forma estatal de la dictadura proletaria. Se impone desarrollar la lucha antiimperialista en EE.UU. y Europa, enfrentando a los propios Estados imperialistas. En Rusia y China, debemos combatir a Putin y a la dirección contrarrevolucionaria del PC chino, luchando contra la asimilación capitalista. En América Latina, tenemos que enfrentar a los principales apoyos del imperialismo en la región, los impulsores del Escudo de las Américas como Kast, Milei y Paz, así como a los supuestos progresistas que negocian un mejor lugar para sus burguesías en la explotación de nuestra clase como Lula y Sheimbaum.
En una situación mundial signada por la debacle del equilibrio preexistente y la amenaza de guerra generalizada para establecer nuevas formas, probablemente aún más descarnadas, de la explotación capitalista, el proletariado mundial tiene la última palabra. Será en el terreno de la lucha de clases donde podremos derrotar los planes de exterminio de nuestros enemigos. Reconstruir la Cuarta Internacional, el partido mundial de la clase obrera armado con la teoría-programa de la revolución permanente, es la tarea del momento para una nueva generación de revolucionarios que se forja al calor de las duras luchas actuales. Las corrientes trotskistas que defendemos el programa de la dictadura del proletariado debemos discutir como intervenir en la situación, para eso llamamos a organizar una Conferencia Internacional con carácter urgente.

Publicado en Internacionales

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En medio de la ofensiva del enclave de Israel sobre la Franja de Gaza, perpetrando un genocidio del pueblo palestino que resiste con gran heroísmo, un nuevo evento agudiza las tendencias a la desestabilización de la región. El sábado 13 de abril Irán lanzó más de 300 drones sobre Israel, a dos semanas del ataque de su embajada en Siria, que causó la muerte de 13 personas. Este es el primer ataque directo de Irán a Israel en la historia y los iraníes lo justifican como una respuesta al ataque recibido en Damasco, en el que murieron oficiales de la Guardia Revolucionaria Islámica. Aun así, se trata de una acción “limitada y en defensa propia”, tal como la propia diplomacia iraní manifestó abiertamente en Washington. Este aviso también permitió que el imperialismo coordinara con Israel acciones preventivas. Esta diplomacia se explica en el hecho de que Irán pretende evitar una guerra regional, pero a la vez “hacerse respetar” ante las fuerzas israelíes y advertirles que sus incursiones se encontrarán con represalias de la contraparte.

Si bien no se puede descartar que esto provoque una escalada guerrerista, los gobiernos más bien han mostrado cautela. Estas intervenciones casi quirúrgicas de los gobiernos de Medio Oriente se explican por la enorme fragilidad del equilibrio político, no sólo porque tantos las burguesías árabes como el sionismo están viendo cómo negociar con un imperialismo en crisis que retacea el apoyo económico y no define una línea estratégica (tras el fracaso de innumerables intentos como los acuerdos de Oslo, la “hoja de ruta”, etc., y en medio de una crisis imperialista de magnitudes sin precedentes), sino también por el hecho de que existe un peligro real de una irrupción de las masas. Tanto el gobierno de Netanyahu, como el de Alí Jamenei han enfrentado cuestionamientos políticos internos con protestas masivas que han puesto en el centro al régimen. El frente interno convulsionado les quita base social para realizar cualquier acción agresiva que se pase de la relación de fuerzas, en un terreno regional altamente convulsionado e impredecible.

Sin embargo, a pesar de la delicada situación del enclave de Israel, las burguesías árabes también son un factor contrarrevolucionario que aportan para evitar que las irrupciones de masas se desarrollen a un cuestionamiento efectivo al poder. Jugaron un rol contrarrevolucionario aplastando en sangre las semi insurrecciones espontáneas que estallaron en la región a partir de 2010, y hoy tienen en su cúspide regímenes bonapartistas con características de dictaduras policiales recostadas sobre el imperialismo, como el del General Al-Sisi en Egipto, que sostiene el flanco sur del cerco sionista de la Franja de Gaza. Arabia Saudita anunció el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Irán tras siete años de desencuentros. A esto siguió el restablecimiento gradual de las relaciones entre Irán y los demás Estados del Golfo -Emiratos Árabes Unidos y Kuwait-, que el ex primer ministro israelí Naftali Bennett consideró “una victoria política para Irán” y “una amenaza para Israel”. Pero la indiferencia de estas direcciones nacionalistas ante la masacre de estos últimos meses en Gaza demuestra su carácter reaccionario y su incapacidad de dar una salida progresiva al pueblo palestino y a todos los pueblos oprimidos de la región. Aun así, la resistencia palestina sigue en pie y cada nueva generación es más fuerte y adherente al derecho al retorno y la voluntad de pagar el precio en la lucha por ello.

La clase obrera internacional debe intervenir del lado del pueblo palestino impulsando medidas que afecten la maquinaria imperialista en la producción; asimismo, el proletariado de la región debe impulsar la necesidad de la derrota y destrucción del enclave de Israel, derrotando a las burguesías nacionales, mediante los métodos de la clase obrera, como la huelga general y la insurrección consciente de las masas. Luchando por la revolución socialista, por una Federación Republicas Socialistas del Medio Oriente y el Magreb.


Milei a la zaga de lo más rancio del sionismo y el imperialismo yanki

Mientras se desarrollaban estos eventos, el presidente argentino se encontraba en una gira que incluía un encuentro con una secta judía religiosa en Miami y, luego de su documentado encuentro con Elon Musk, tenía planeado dirigirse a Dinamarca para cerrar la compra de aviones F16. En todos sus posicionamientos ha declarado ser un férreo aliado de Estados Unidos e Israel, lo que pone nuevamente a la semicolonia argentina como un actor de reparto en este proceso guerrerista. Es por esto que decidió suspender su gira y llamar a un “comité de crisis” ante la posibilidad de ser nuevamente blanco de atentados.

Esto es una muestra más de por qué los trabajadores tenemos que pelear por expulsar al imperialismo de América Latina y derribar a sus gobiernos títeres. Llamamos a la más amplia solidaridad con el pueblo palestino y a que la clase obrera, con sus métodos, desarrolle el internacionalismo proletario. ¡Por el triunfo de la resistencia palestina! ¡Fuera el imperialismo de América Latina!

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Jueves 2 de enero por la madrugada. Drones asesinos enviados por Trump bajo el consejo del alto mando militar yanqui disparan sobre el general iraní Qasem Soleimani, que muere junto a varios colaboradores. Soleimani se encontraba en Bagdad y fue ajusticiado sin juicio previo, como otros tantos bajo el fuego imperialista. Pero en este caso, se trata de un funcionario de un Estado extranjero, y en territorio de otro Estado, en los papeles independiente, aunque queda claro que la ocupación de Irak por parte de los yanquis nunca cesó en 17 años.
Trump vacila. Su política era retirar a las tropas norteamericanas de Medio Oriente, incluyendo Afganistan e Irak. Quiere usufructuar que EE.UU. ya no depende tanto del petróleo de la región gracias a la “revolución del fracking” dentro de su propio territorio y a una eventual “recuperación” de Venezuela. Pero los altos mandos del Pentágono lo convencen de que debe responder al ataque a la embajada norteamericana en Irak, producido el último día del 2019. Ese ataque tuvo características particulares: fue una movilización popular contra la presencia norteamericana en Irak. Trump acepta que es necesario responder y ordena el asesinato del general iraní. Es un acto de guerra contra otro Estado, por fuera de cualquier paraguas de la legalidad imperialista internacional. Es una brutal demostración de fuerza de la potencia imperialista que dirige el planeta.
Pero el asesinato en realidad muestra la debilidad de EE.UU. No, desde luego, desde el punto de vista militar, donde su supremacía es indiscutible, por lo menos en el mediano plazo. Se trata de la debilidad de su posición en el sistema de Estados configurado como superestructura del capitalismo mundial. Es una debilidad estructural, producto del avance de la descomposición imperialista, y está asimismo determinada por el peligroso resquebrajamiento del equilibrio de la posguerra. El ataque contra Soleimani no estaba inscripto en un plan de acción. Los hechos posteriores así lo demuestran. El parlamento iraquí votó una solicitud al primer ministro “encargado” (toda una definición) Adel Abdul Mahdi, que había renunciado a su cargo bajo presión de las movilizaciones populares en noviembre, para que dé curso a la salida de las tropas norteamericanas del país. La jefatura de las fuerzas yanquis en Irak respondió en una carta que iban a salir, pero pidió que esto se hiciera en orden. Luego el pentágono desacreditó a su mando “en el terreno”, negando cualquier iniciativa de retirada de tropas. Por supuesto, en última instancia esa retirada configuraría una contundente victoria para Irán y una tremenda derrota para EE.UU.

Procesos de masas

La debilidad de EE.UU. no contradice la propia debilidad del gobierno iraní. Obviamente, se trata de una semicolonia que no puede enfrentar al imperialismo en una guerra abierta. Pero esta debilidad también se inscribe en la situación de las sub-burguesías nacionales de las semicolonias en la crisis capitalista, presionadas por la agresividad imperialista, por un lado, y, por el otro, por movilizaciones de masas que en Irán se desataron con fuerza en el mes de noviembre, como parte de un proceso regional que también atraviesa al Líbano, Irak, y se da en simultáneo con los procesos de lucha de clases en América Latina, el Caribe, Hong Kong, África, Europa, etc.
El elemento de los procesos de masas es cualitativo para analizar el conflicto actual. Si nos retrotraemos a los procesos anteriores (2010-11) que se dieron en la región a partir del estallido económico de 2008, con la caída de varios dictadores que gobernaban con puño de hierro sus países (Ben Alí en Túnez, Gadafi en Libia, Mubarak en Egipto) podemos ver cómo esos procesos llevaron a varias salidas fallidas, desde el golpe militar en Egipto, hasta el semibonapartismo semidemocrático tunecino, donde se desarrolló lo más cercano a una experiencia democrático-burguesa. Pero lo que primó fue la descomposición de los Estados en su forma más brutal: la guerra civil en Siria y el surgimiento del ISIS, un verdadero anti-Estado. Esta descomposición cerró los caminos a los procesos de masas a partir de su cooptación por direcciones burguesas o pequeño burguesas contrarrevolucionarias. Una vez más, la crisis de dirección revolucionaria del proletariado se manifestó como crisis de la humanidad. La confusión de objetivos de la nueva generación de luchadores ante esta crisis de dirección determina lo tortuoso del proceso.
Ahora bien, el surgimiento del ISIS y la guerra civil Siria llevaron al imperialismo a pactar con viejos enemigos para tratar de poner coto a la amenaza de este engendro, que cuestionaba la idea misma de Estado nación, que es la forma de dominación de clase de la burguesía. Surgen así los frentes anti-ISIS y los compromisos con Rusia (e Irán) para contenerlo. En el medio, hay otros hechos muy importantes como el golpe de Estado fallido en Turquía y el desarrollo de las experiencias autonómicas en Kurdistán, sobre los que no abundaremos aquí. Es importante destacar que el actual estacionamiento de tropas yanquis en Irak se da bajo el pretexto de esta guerra contra el ISIS. En 2019, las fuerzas imperialistas anuncian el fin del ISIS. Pero con su derrota, ninguna de las contradicciones en la región han sido cerradas y así lo demuestra la actual escalada militar con Irán.

Vietnamizanción

Mucho se ha hablado de este término para describir la política de Irán en la región en los últimos años. Superficialmente, se la describe como una política de guerra asimétrica entre un Estado militarmente débil y la principal potencia mundial, sólo considerando el terreno de la táctica. Vietnamización así entendida sería la utilización de la de guerra de guerrillas o enfrentamientos “proxy” (a través de terceros). Sin negar este elemento táctico, Soleimani era el general a cargo de un desafío más complejo: unificar a las diferentes facciones étnicas y religiosas de Irak y, más en general, de toda la región en el objetivo común de liberarla del “gran Satán” norteamericano. De hecho, esa es la línea oficial que Irán ha hecho pública a través de declaraciones del Ayatollah Jamenei. Se trata entonces de una política que apunta a dar un objetivo de liberación nacional a los movimientos en la región, conformando el llamado “frente de la resistencia”, que incluye a Irán, Siria, Hezbollah, Hamas y otros agrupamientos nacionalistas burgueses y pequeñoburgueses. Esta política de Soleimani y su relativo éxito podría ser uno de los móviles más importantes de su asesinato, sobre todo teniendo en cuenta que el hecho inmediato que llevó al mismo fue la movilización contra la embajada yanqui en Bagdad, que obligó al gobierno de EE.UU. a evacuar a su personal diplomático. Ahora bien, la política del gobierno iraní no apunta a la liberación nacional de los pueblos de Medio Oriente, sino a fortalecer a su semi-Estado para mejor negociar con el imperialismo, utilizando como carne de cañón a las heroicas resistencias palestina e iraquí, y no dudando en apoyar a Al Asad, uno de los principales criminales de guerra de la región, sólo por detrás de Trump, Obama y los gobernantes israelíes. El regateo por el plan nuclear, mesa de negociación de la que Trump se retiró en mayo de 2018 pero donde permanecen el resto de las potencias, es buen ejemplo del carácter de clase y de la naturaleza contrarrevolucionaria de esta política.
El empantanamiento en Irak resuena a la situación en Vietnam, eso es real. Como decíamos anteriormente, aún con una administración Trump ansiosa por dejar atrás la ocupación, no puede ahora hacerlo, ni se vislumbra ninguna salida para retirarse sin que esto sea interpretado como una enorme derrota del imperialismo. Por eso ahora es posible que el conflicto actual continúe en escalada. Por el momento, la primera respuesta iraní consistió en el bombardeo, bastante medido aunque humillante para EE.UU., de 2 bases militares en Irak el 8/1. La réplica de Trump se ha limitado a minimizar los daños provocados por estos bombardeos y a anunciar nuevas sanciones económicas; mientras pide al resto de los países imperialistas un compromiso para aislar a Irán abandonando el acuerdo nuclear e imponiendo sanciones, y a la OTAN una intervención más activa en la región.

Panorama incierto

Mucho se ha hablado del frente interno en EE.UU. como acicate para el ataque. Hablamos de las consideraciones relativas al proceso de impeachment contra Trump y de las elecciones presidenciales. Aunque esto pueda pesar, los elementos estratégicos (o de debilidad de esta estrategia) creemos que son más importantes para desarrollar una caracterización de la posible nueva guerra del imperialismo norteamericano. Y acá sí existe un factor determinante del llamado frente interno, que es la imposibilidad del Estado imperialista de ganarse una base social sólida, donde debe tener un rol la aristocracia obrera, para lanzar una ofensiva militar a gran escala. Creemos que la conquista de semejante base social, que fue un objetivo de Trump, no ha sido concretada, como puede vislumbrarse en el desarrollo de una variedad de conflictos sindicales en la industria, los servicios y los sectores estatales, y como muestran también las movilizaciones contra una intervención en Irán que se llevaron adelante el fin de semana inmediato al asesinato de Soleimani en muchas ciudades estadounidenses. Por ahora las manifestaciones no son masivas, pero marcan la posibilidad de desarrollar la movilización contra una mayor intervención imperialista.
Otro factor importante son las consecuencias económicas de la guerra, que podrían acelerar una entrada en recesión de la economía mundial, la cual se viene pronosticando y, por ahora, se viene retrasando. La inestabilidad geopolítica ha hecho tambalear a los mercados financieros y de las commodities. Esta inestabilidad geopolítica se vuelve incertidumbre y la retirada de tropas de Irak de algunos aliados de la OTAN, la tibieza europea frente a los hechos e incluso las vacilaciones israelíes en relación al asesinato de Soleimani así lo indican. Si desde hace algún tiempo venimos ponderando las contradicciones de la política trumpista de implementar un cambio de rumbo en la política imperialista, hoy aparecen dudas sobre la posibilidad de un fracaso que lleve a que el resquebrajamiento del equilibrio de posguerra se convierta en una situación mundial mucho más caótica.

Fuera el imperialismo de Medio Oriente

Irak está ocupado militarmente por EE.UU. desde hace 17 años. Palestina, desde 1948, por el engendro israelí que responde a las necesidades imperialistas de control sobre Medio Oriente. La expoliación imperialista de la región viene de larga data, pero la actual descomposición imperialista, agudizada por la crisis mundial, acelera la situación de descalabro del equilibrio del sistema de Estados y la descomposición del Estado-nación burgués. Frente a esto, no han faltado respuestas de las masas, que han salido de forma espontánea y con una gran confusión de objetivos, lo que permitió que direcciones contrarrevolucionarias hayan llevado los diferentes procesos nacionales a la encerrona. Pero el imperialismo no ha conseguido cerrar la crisis y, por lo tanto, los procesos vuelven a abrirse poniendo ante los revolucionarios el desafío central de intervenir decididamente en los mismos, para que las lecciones de los anteriores fracasos sirvan para desarrollar un programa de transición entre la actual descomposición capitalista y el futuro socialista de la humanidad. La centralidad de la clase obrera en estos procesos queda marcada por la necesidad de disputar la lucha contra el imperialismo a las direcciones nacionalistas burguesas y pequeñoburguesas. Para ello, es necesario una política y una dirección internacionalista, planteando la unidad del proletariado de la región, centrado en los trabajadores del petróleo, con la clase obrera de los países imperialistas, centralmente de Estados Unidos. Por eso es necesario que los revolucionarios luchemos para que los sindicatos estadounidenses y europeos declaren la paralización de la maquinaria militar imperialista, ocupando las plantas y bloqueando el abastecimiento de las tropas estacionadas en la región y de Israel. En los países de Latinoamérica, además de desarrollar la movilización en las calles y denunciar la complicidad de los Fernández, los Bolsonaro, los Piñera y demás cipayos, debemos proponernos paralizar las empresas imperialistas contra la intervención militar en Medio Oriente, lucha que está entrelazada con la lucha contra las reformas fondomonetaristas que esos mismo gobiernos pretenden aplicar en nuestra región. Tenemos que desarrollar la organización y la lucha para que se vayan todas las tropas imperialistas de Medio Oriente y demás países semicoloniales. Por la derrota militar de EE.UU. en Irak e Irán. Por la destrucción de Israel. Por una Federación de Repúblicas Socialistas de Medio Oriente. Por la reconstrucción de la IV Internacional.

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